viernes, 24 de agosto de 2007

esto es el indicio de algo que será

El último día.




Era lunes a las seis y diez de la mañana, el despertador acababa de sonar y me levanté, no había nadie a mi lado y aun me duraba la resaca del sábado. Era un día de semana normal, un día de trabajo y, como me pasaba a diario desde hacía ya tiempo, estaba enfadado. Pero ese día fue diferente, estaba más enfadado que de costumbre, estaba furioso. Decidí que ya estaba bien, ya me habían hecho suficiente daño. Estaba harto de tener que hacer siempre las mismas cosas, de que todo me saliera mal, de no tener suerte, de no progresar, de que el dinero no me llegase para nada, de que nadie protestase, estaba muy furioso y una apocalíptica mezcla de rabia y odio recorría mis venas nublando mi mente. Tenía la sensación de no ir a ninguna parte, a ninguna parte con mi trabajo, con mi ex – mujer, ¡con mi vida! y lo que mas me pesaba era la monotonía. Por más que intentase cambiar mi vida, darle un giro, algo o alguien me lo impedía, ya no me parecía tan absurda la idea de la existencia de un ente encargado de hacerme la vida imposible, hasta ahí llegaba mi paranoia. Me habían pasado muchas cosas malas a lo largo de los últimos tiempos y no había encontrado la manera de exteriorizarlas porque la gente que en otros tiempos estaba conmigo me había dejado solo en un mar de odio, rabia, desazón,… y ese día decidí quebrar las reglas, incumplir mi orden vital, matar la monotonía y eliminar ese profundo odio que sentía hacia todo, eliminar esa rabia que me carcomía por dentro. Estaba enfadado con todo y con todos. Estaba pensando en esas cosas horribles que me habían sucedido y deleitándome en mi agonía y en mi rabia mientras mi cabeza daba vueltas y vueltas, sentía una enorme presión en la cabeza y entonces algo se quebró en mi mente y en mi consciencia y con la sensación de mil bombas explotando en mi cabeza me desmayé. Durante mi inconsciente caminar mental me di cuenta de que ya nadie estaba a mi lado, mi mujer me había abandonado y se había llevado a nuestra hija, ya hacía tiempo que me había distanciado de mis amigos, mi familia ya no me reconocía, había perdido nuestra casa por no pagar la hipoteca, el coche se me había estropeado sin arreglo, … Y todo por su culpa, por la monotonía a la que me sometía la sociedad, la monotonía que me había endurecido convirtiéndome en un ser con alma de cartón piedra, era esclavo de la monotonía a la que acababa de asesinar a sangre fría en mi mente inconsciente. Con este pensamiento desperté de mí ensoñación. Había decidido no ir a trabajar y llamé a la oficina:
- Washlow y asociados, ¿¿dígame?? - me respondió la atractiva secretaria de mi jefe.
- Hola Sara, ¿¿está por ahí Carl?? - le pregunté mientras encendía un cigarro.
- ¡¡Ah!!, hola Max. Si Carl está por aquí ahora te lo paso.
Carl te llama Max,… no, no se que quiere,… vale.
- Max …
- Quiero hablar con el - la corté.
Quiere hablar contigo,… parece importante,… esta bien.
- Max, viene ahora. Por cierto, ¿que tal te va?, hoy no te he visto fichar.
- Pues no muy bien Sara, no muy bien, pero creo que eso puede cambiar, tranquila.
Al cabo de unos segundos de incertidumbre la voz de Carl surgió del aparato:
- Max ¿qué quieres?, son las siete y veinte, hace diez minutos que deberías de estar aquí.
- Hola Carl, ¿qué tal?, ¿no me digas que te sorprende mi primer retraso en once años? – pregunté en tono irónico y, sin tiempo a que respondiese, continué – ahora escucha Carl. Hoy no voy a ir a trabajar, de hecho, no pienso volver nunca, se acabó la esclavitud – dije mientras me encendía el segundo cigarro. Esperé unos segundos para ver como reaccionaba, pero ante el silencio que fluía a través del auricular continué.
- No Carl, no pienso volver, estoy hasta los cojones, me tenéis muy, muy quemado. Llevo doce años en la empresa y jamás he recibido nada a cambio de mi constante dedicación, una dedicación que “extrañamente” siempre beneficiaba a los mismos, “es en beneficio de la empresa Max”,”tranquilo Max todo a su tiempo, ya ascenderás, eres muy joven”, “¿una subida de sueldo?, lo siento Max en este momento estamos mal económicamente, recuérdamelo más adelante”. Siempre trabajando como un burro por un salario de mierda e intentando sobrevivir a base de esperanza, “tranquilo Max mañana será otro día”, “tranquilo Max ese ascenso esta cerca”,…, pero ya me habeis jodido bastante. Jamás llegué tarde y solo falte seis días, cuatro cuando tuve aquella gripe tremenda hace cuatro años y dos días más cuando se murió mi madre este año, a cuyo entierro, por supuesto, no te dignaste a venir, aunque gracias por la cutre corona de flores que le dijiste a Sara que enviara en nombre de la empresa. Mi sueldo es el mismo del primer día, solo libro quince días al año y solo tengo una paga extra. Estoy muy jodido, ¡me tenéis harto!
- Pero Max…
- Pero nada, estoy hasta los huevos de todo y ahora me toca a mí hacerle daño al mundo, me voy a vengar de cada una de las bofetadas que me han dado. Estoy aburrido de trabajar en balde, se acabó – el clic del teléfono dio por finalizada nuestra conversación.

Me sentía bien. Tenía una agradable sensación de libertad en el cuerpo y decidí ir a dar una larga vuelta. Me duché, me vestí, me peine y recogí la cartera y las llaves. Me dirigí a la radio que, encendida en mi mesilla de noche emitía en ese momento el noticiario de la mañana donde estaban informando sobre el atentado terrorista del día anterior, el de las Torres Gemelas, en el cual habían muerto miles de personas y la zapateé con fría indiferencia ante tan sanguinario acto.
Salí de casa y cerré la puerta con llave. Me dirigí al ascensor y saludé a mi vecino de al lado, ese que siempre ponía la música a todo volumen. Me metí dentro y le di al botón de la entreplanta donde me encontré con John, mi otro vecino de planta, un hombre de ochenta y un años que tenía un perro al que trataba como a un hijo. Su mujer había muerto hacía tres años y el perro era lo único que le quedaba. Era un perro escandaloso y pequeño que siempre meaba en la alfombrilla de mi puerta.
- Adiós John.
- Hombre Max, que haces aquí aún, ¿no tienes que ir al trabajo? – dijo el anciano mientras el perro me olfateaba el bajo de los pantalones y ladraba.
- No John, lo he dejado.
- ¿Y luego?
- Estaba un poco esclavizado.
- Ah – dijo como si me entendiese aunque yo sabía que no era así.
- Búscate otro Max, porque el peor hombre es el hombre ocioso.
- Tienes razón John, eso debo hacer.
Yo respetaba a John, pues era un anciano honrado y respetuoso que siempre tenía un buen consejo para quien lo necesitase y por ello siempre lo había respetado y le tenía afecto.
- Bueno John , ya me marcho que tengo un par de asuntillos pendientes ¿vale? Venga hasta otra y encantado de verte.
- Igualmente Max, adiós, me voy a darle de comer al perro. ¡Vamos Stinky!, ¡a comer! – dijo John mientras el perro daba vueltas alrededor de él.
Abandoné el edificio y me dirigí a mi coche, un Ford Prove deportivo de segunda mano que había comprado hacía año y medio y que ya había pasado cuatro veces por el taller. Monté en el coche y me metí en medio de la calle, que a esas horas parecía un hormiguero. Eran las 9:00. Vagué sin un rumbo fijo, ya que mi ira no me dejaba pensar claramente.
(Después de saltarme tres semáforos, casi atropellar a seis o siete personas y casi provocar otros tantos accidentes así como sobrepasar el máximo de velocidad en cincuenta kilómetros por hora y gritarle de todo a los viejos y a las mujeres que iban demasiado lentas, decidí ir al Cuban). El Cuban era un pub latino al que solía ir cuando aún no estaba enfadado ni cansado del mundo y en donde tenía pasado grandes momentos en la juventud.
(Por el camino aún tuve tiempo de hacer mil locuras más por la carretera y de fumarme cuatro cigarrillos).
Cuando llegué vi que el exterior seguía igual que siempre, con esas dos palmeras que se cruzaban en el marco de la puerta y es que en mi vida nada cambiaba. Busqué un lugar para aparcar y estacioné allí mi coche, entre un Chrisler y un Toyota.
Entré en el pub y allí todo seguía igual también, su futbolín, su billar, su tarima y su barra en la cual tan buenos ratos había pasado. En el pub no había nadie, solo la camarera, Carmen, una vieja conocida.
- Que hay Carmen – saludé.
- ¡Hombre Max, cuanto tiempo sin verte! – dijo esta efusivamente.
- Si, lo se, pero es que he estado ocupado.
- ¿Qué te pongo?
- Un Jack Daniel’s con una piedra de hielo, como siempre – dije entre risas.
- Está bien, ¿qué te cuentas?
- Que la vida es una mierda.
Y riéndose dijo - ¿Qué has estado haciendo?
- He estado trabajando.
- Hombre, supongo ¿Qué tal están Jean y la niña?
- Nos hemos separado – dije con un deje de amargura – pero están bien
- Oh Max, lo siento.
- Deja no importa, lo dejamos porque estábamos incómodos el uno con el otro y la situación era insostenible.
- Entiendo, ¿y ahora que?
- ¿Qué de que?
- No se, ¿estás libre?
- Si, no he tenido tiempo de salir desde aquella.
- Oye.
- ¿Qué?
- ¿No deberías estar en el trabajo?
- No. Lo he dejado, ¿me pones otro whisky?
- Si, claro. ¿Por qué lo has dejado? – preguntó mientras me servía otro whisky.
- Porque era un puto esclavo.
A estas alturas de conversación ya empezaba a notar los efectos del alcohol y Carmen empezaba a parecerme atractiva, y es que en realidad lo era. Me bebí el whisky de un trago.
- Carmen otro whisky por favor. ¿Y tú que?, ¿sigues sin pareja?
- Si Max, así sigo, ya sabes que desde que estuvimos en el instituto estoy enamorada de ti – dijo mientras reía, pero su voz sonó extraña.
Se hizo el silencio entre ambos. Nuestras miradas cruzaron un par de golpes y yo me apuré el whisky. Sabía que era cierto, me amaba desde hacía diecisiete años, desde que estuvimos juntos en clase en el instituto. Los dos habíamos llegado tarde y nos sentaron juntos. Le sentaba muy bien el uniforme del instituto que consistía en una camisa blanca, un jersey rojo con un ligero escote y una falda gris que le daba por las rodillas. Estaba preciosa, me gustaba, pero yo ya estaba con Jane, mi amor de siempre con el que seis años después me casaría. Pero ya no era así, ya no estaba conmigo, me había abandonado, como todos, ahora estaba solo, era libre, o por lo menos eso creía yo.

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